Chicas Amateurs Emitiendo
Rosa y las braguitas
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Mi chica entra muerta de risa en el apartamento.
“.He de darte dos noticias. Primera, hace un momento he perdido las braguitas, bueno, no las he perdido porque sé dónde están. Segunda, te invito a comer. ¿Qué prefieres, gambas de Denia o chuletón de Lugo?”
“Un momento –intento desacelerarla-. ¿Qué es eso de que has perdido las braguitas? ¿Con quién me has puesto los cuernos?”
Rosa pone cara de lo más inocente.
“No me ha tocado nadie. Solo me han mirado.”
“¿Mirado?”
No entiendo. Rosa es una caja de sorpresas. Desde que la conozco vivo peligrosamente.
“Es un vecino nuevo con el que he coincidido en el ascensor –me aclara-, aunque de coincidencia nada. Esperaba en el portal para subir conmigo.”
Va a la nevera y se sirve una cocacola.
“Me ha dado trescientos euros por verme desnuda-me explica al volver-. Por eso te invito a comer.”
“¿Piensas que soy tu chulo?”
“No sería mala idea, Ernesto. Rosa la putita y Ernesto el macarra. Suena bien.”
A veces le daría de bofetadas. Rosa ni tiene vergüenza ni la conoce.
“¿Te cuento?”
Es una fuerza de la Naturaleza, la reina de la desfachatez. La odio y la adoro; me muero de celos al escucharla, pero sus aventuras me excitan y necesito conocer cada detalle.
“El vecino se llama don José y está jubilado, me ha dicho que antes trabajaba en un Banco. Y no se anda por las ramas. Me ha soltado lo de los trescientos euros de sopetón. ¿Tan puta parezco?”
“Contéstate tú misma” –el rencor me sale por las orejas.
Ríe y me revuelve el pelo.
“Pero qué celosón eres…”- ronronea.
Toma un sorbo de cocacola y se frota el cuello, bajo la oreja izquierda.
“No sé qué tengo – anuncia -. Me escuece.”
“A ver.”
Le echo una ojeada. No aprecio nada de particular y se lo digo. Rosa no escucha. Insiste:
“Es justo aquí. Espera.”
Va al cuarto de baño y vuelve a poco con algo minúsculo en la mano.
“Ni siquiera he sangrado –explica-. Me he hecho un corte con las tijeras de aseo, apenas un rasguño, y mira qué he encontrado.”
Es un objeto metálico, apenas del tamaño de un grano de arroz.
“¿Y esto?” – me extraño.
Rosa va a hablar, titubea, se pasa una mano por la cara, palidece, suspira hondo, traga saliva, me aprieta el brazo hasta hacerme daño, le cambia la expresión del rostro.
“Al quitarme esa cosa, me ha venido todo a la memoria – habla con voz que no parece suya-. No, no estoy loca, Ernesto. Te juro que lo que voy a decirte es verdad. Sentémonos.”
Le iba a proponer que nos acostáramos y retozáramos un rato, pero la veo tan nerviosa que me quedo en el sofá en plan niño bueno.
“¿Sí?” – le brindo una atención cortés.
Y Rosa empieza a hablar:
“El vecino nuevo me ha ofrecido trescientos euros por verme desnuda y me ha parecido bien –su tono es monocorde, cansino, sin inflexiones-. Le he dicho que de acuerdo y le he acompañado a su casa. Me ha hecho pasar a una salita. “¿Me desnudo?” le pregunto. Él me contesta que de momento no hace falta, que va a buscar no sé qué en la habitación contigua, pero que le hable de lo que sea porque le gusta escuchar mi voz. Y allí me tienes en una habitación vacía, toda formalita, las rodillas juntas, sentada en el borde de una butaca y charlando como una cotorra.
Entonces he percibido que, pese a que no había nadie más en la salita, no estaba sola. He intuido, no una, sino muchas presencias poderosas en mi torno y las he sabido amigables, cordiales, cómplices. He seguido hablando –ni sé lo que decía- y he sentido como algo o alguien acariciaba mi voz. Sé que parece una locura, pero estoy segura de que acariciaban mi voz y la saboreaban como si fuera vino de crianza. Si complace que te escuchen, imagina lo que puedes llegar a sentir cuando te acarician la voz. Gloria pura.
No ha sido eso solo. También han mirado y olido mi cuerpo. Lo invisible estaba pendiente de mí; lo he percibido con nitidez. He tenido conciencia de que ese algo o alguien desconocido hervía de poder. Su fuerza me ha escarbado en las ropas y he comprendido que había llegado el momento de desnudarme.
Lo he hecho muy despacio. He desabrochado uno a uno los botones de la blusa y he dejado el torso al descubierto -ya sabes que no llevo nunca sujetador-. Las miradas, porque miradas eran, lo sé, han resbalado por mi piel, la han calibrado, han prendido en mis pechos mínimos y se han columpiado en mis pezones hasta hacerlos erizarse y crecer. Me he dado el gustazo, todavía con los jeans puestos, de abrir el compás de los muslos para así sentirme palpada en lo más íntimo. He sentido un delicioso cosquilleo en la entrepierna; tal era la fuerza que me envolvía.
Me he desprendido de pantalón y braguitas y, gloriosamente desnuda, he dado un lento giro sobre mí misma. “Aquí me tenéis” he pensado, tal vez incluso haya pronunciado esas palabras. “Sí, aquí tenéis mis pechos pequeños, casi de niña, mi estómago y vientre planos, mis caderas que apenas se insinúan, mi prominente monte de Venus, mi sexo afeitado, mi trasero respingón, mis largas piernas adolescentes. Aquí tenéis a Rosa, con su cabello rubio cortado a lo chico, con la apariencia andrógina que gusta a tantos hombres. No os veo y, por no saber, ignoro si estáis provistos de vergas invisibles duras y palpitantes, pero aquí estoy; no os temo, y deseo excitaros.”
Me he sentido cargada de electricidad. Aquellas miradas se han posado en mí como manos en el lomo de una gata. He arqueado el cuerpo y ofrecido cada trocillo de piel a los ojos sin ojos. El gusto de saberme mirada es placer sensual que se ha vuelto sexual sin saber cómo. Me he desperezado, he estirado felinamente brazos y piernas, he adelantado el sexo y desafiado con él, he endurecido las nalgas hasta sentir que se volvían mármol y, mientras hacía eso, me han nacido latidos en las entrañas, me ha arrastrado la marea de los jugos, íntimas humedades me han surcado los muslos, y he sentido cómo crecían las miradas invisibles, – fuerza magnética que podría cortarse con cuchillo-, y cómo ese aumento de intensidad sacudía mis entresijos y me empujaba hacia el orgasmo. No ha sido necesario ni que me tocara. La sola percepción de la fuerza ha estremecido lo más profundo de mi sexo. El clímax ha llegado a oleadas, a golpes surgidos de lo hondo que me han dejado empapada en placer.
Justo en el momento del orgasmo, uno de los seres que me rodeaban ha abierto tanto los ojos que no tiene, que han salido por ellos los secretos y esos secretos se me han colado en la cabeza. En relámpago he comprendido, Ernesto. Sé. Conozco la verdad. Se me ha hecho patente el por qué de las cosas. “Esto no puede ser, es ciencia ficción”, he intentado defenderme de la evidencia, pero la nueva voz que ahora resuena en mi interior me ha respondido que no debo hablar de ficción, ya que lo que se me ha revelado es cierto, y tampoco de ciencia, porque no se ha de pronunciar esa palabra en un mundo que cree a pies juntillas en la bobada de la relatividad inventada por Einstein.
No estoy loca. Había en la habitación seres invisibles, pura energía cinética inteligente, provinentes de una galaxia más allá de las galaxias, en concreto del planeta Heaven. Aunque no poseen masa, estos seres son capaces de manipular la materia, comprimir los espacios y manifestarse con aspecto físico. Cuando lo hacen suelen decantarse por la apariencia de hombres-pájaro, -”ánj el” se llama al hombre-pájaro en el idioma del planeta Heaven-, y, bien volando, bien simplemente siendo, llevan visitando la Tierra desde millones de años atrás. Pero déjame hablar a mí, Rosa; soy la voz que se te apodera, soy el secreto que se coló en tus sesos. Lo haré mejor que tú. Dame la vez. Tomo la palabra.
Ya en la primera visita, decidimos que la Tierra reunía magníficas condiciones como planeta de ocio, apto para ser destino líder en vacaciones. La convertimos en parque zoológico de animales grandes, a la altura de los mejores en su género. La especialidad del zoo terrestre fueron los grandes saurios.
Un millón de años después pasó la moda de los zoos en la parte sur del Universo. Vendimos la mayoría de los bichos en remotos sistemas estelares y saldamos el resto en el cinturón de asteroides de la nebulosa de Andrómeda. Comenzaba a la sazón la época floreciente de los parques temáticos. ¡Hubo tantos en la Tierra! Así, sin pensar, me vienen a la mente los de Teottihuacan, Sacsahuaman, Palenque, el bajo Nilo, Chichén Itzá, la bolera de grandes birlos de la isla de Pascua y Nazca, sobre todo Nazca. Los hombres no eran todavía hombres; los grandes monos seguían en los árboles.
Nuestro primer incidente con el género humano tuvo lugar miles de años después en un parque botánico de tercer orden, cuyo nombre era Paradise. Una pareja de humanos se coló en él y estuvo viviendo de tapadillo una buena temporada. El hombre era chaparro y barbudo, la mujer alta y de tetas redondas y grandes. El encargado del parque se topó con ellos un día y alucinó en colores. Quedó flipado con la mujer. No podía dejar de mirarla. Le turbaban sus pechos. Expulsó a la pareja de Paradise – el parque no era para lugareños planetarios-, y contó a quien quiso oírle que le habían impresionado cantidad los pechos de la mujer porque parecían manzanas. Se gestó así la más antigua leyenda heavenesa: “Apples on the Paradise”.
A partir de aquel suceso tuvimos que soportar al género humano. Intentamos colaborar con ellos edificando una torre en Babel, pero no hubo forma de que los hombres se entendieran –nunca se entienden-, y abandonamos el proyecto. Decidimos permanecer separados de ellos aunque no del todo, porque estaba lo de las mujeres.
Las mujeres del planeta Tierra…Los seres de Heaven dominamos el rayo, somos fuertes y gozamos del poder, pero tenemos nuestro talón de Aquiles. Nos flipa mirar mujeres terrestres desnudas y emborracharnos con la armonía de sus curvas; estaríamos mirándolas la eternidad entera. Al darnos cuenta del gancho que tenía el voyerismo, decidimos reconvertir la Tierra en destino estrella de turismo sexual. Todavía no nos habíamos apercibido del peligro: las mujeres terrestres son droga ponzoñosa, veneno sin antídoto, contemplarlas nos empuja a la perdición, mirarlas nos priva de voluntad, nubla nuestro entendimiento, nos sorbe, nos debilita. Lo sabemos, somos conscientes de ello, y no podemos hacer nada para evitarlo. Este planeta ofrece grandes posibilidades: se pueden pintar atardeceres de nubes rojizas o arcos iris, jugar con las erupciones de los volcanes, hacer carreras de vientos, pero están las mujeres. Mirarlas es impulso irresistible que nos roba la energía, y esa energía sin objeto se convierte en calor y eleva la temperatura de la Tierra. ¿Cuál crees que fue la causa del que llamáis Diluvio Universal? Te lo diré: el Tercer Encuentro Sideral de Voyerismo Terrestre. Hubo tanto disfrute y, por consiguiente, tal pérdida de energía, que se produjo el fin de la cuarta glaciación y la licuefacción de los casquetes polares. Después, hará unos dos mil años terrestres, se produjo otro conflicto que tampoco ayudó. El ser que había sido guardián del parque botánico Paradise – somos prácticamente eternos, la energía ni se crea ni se destruye- no se conformó con mirar. Fecundó a una mujer en Oriente Medio y produjo un híbrido. Ni te cuento la de problemas causados por ese desliz.
Decidimos terminar con el turismo sexual a la Tierra. Más fácil decirlo que hacerlo. Es imposible cerrar el paso a seres invisibles que son energía pensante y tienen una habilidad especial para pasar desapercibidos. Se había de adoptar decisiones más drásticas, ya que el Universo entero corría gran peligro. El recalentamiento terrestre perturba el equilibrio de los cuerpos celestes que no está regido, como los hombres creen, por las leyes de Newton, sino por otras más erráticas e imprevisibles. Según estas leyes, el progresivo calentamiento de la Tierra ha de motivar fatalmente que todos y cada uno de los astros caigan unos sobre otros en cadena, como fichas de dominó. Se decidió enviar una misión al planeta Tierra con la orden de exterminar la humanidad, porque ya se sabe, muerto el perro, se acabó la rabia.
Los que hoy hemos gozado viéndote desnuda, Rosa, somos componentes de la misión exterminadora. En Heaven nos llaman traidores por no cumplirla, pero no podemos evitarlo, estamos drogados, las mujeres nos robáis la voluntad. Hoy has sido tú, Rosa. Nos has dejado con ganas de más. Querríamos verte a todas horas, acariciar con la vista tu vientre y tu cintura, contornear con ella tus glúteos. Es absurdo intentar luchar contra ese impulso, Rosa. Volveremos a mirarte y solo tú serás culpable de que el Universo llegue a hacerse trizas. La responsabilidad del desastre debe recaer en ti, no en los componentes de la misión, nosotros nada podemos contra el destino. Tampoco puede nada nuestro jefe, por cierto el más colgado en plan mirón, al que nadie sabe por qué, muchos humanos llaman Dios.”
“Un momento, tipo divino. Calla, cómo te llames y seas quién seas. Soy Rosa y quiero volver a hablar yo, ángel de los cojones. ¡Así que todo se va a ir a hacer puñetas por culpa mía! Los machitos sois iguales en cualquier planeta, especialistas en echar las culpas a los demás, o mejor a las demás. Soy, según tú, Némesis, la mujer fatal, la nueva Rosa del Apocalipsis. Pues atiende, cielo, no me importa, mejor así. Mi papel es el más lucido en esta historia: Consigo dinero y vosotros arriesgáis, por volver a verme desnuda, la seguridad del Universo. ¿Qué más puede pedir una mujer? ¿Hay mejor forma de sentirse deseada?
Por cierto, Ernesto: me han ofrecido cinco mil euros al mes por dos sesiones semanales de exhibicionismo. Con la de hoy, y según me he informado, el calentamiento ha aumentado la temperatura del núcleo del planeta en un grado y dos décimas. A ese ritmo, no le quedan ni tres meses al Universo.”
Rosa calla. La miro alucinado. Rumio sus palabras y, cuando me siento capaz de ello, carraspeo y hablo con firmeza:
“No voy a dejarte acabar con el mundo.”
Ella se parte de risa.
“¿Así que has picado? Me lo he inventado todo. El vecino me ha visto desnuda, me ha dado trescientos euros, no sé dónde he puesto las braguitas, y ya está.”
“¿Te has inventado todo? – caigo del guindo.
“Pues claro. La única verdad es que tengo trescientos euros gastadores. ¿Qué prefieres, gambas de Denia o chuletón de Lugo?
“Prefiero las tres cosas “- río aliviado.
“Soy generosa y tendrás las cuatro, pero no debes olvidar que soy la nueva Rosa, la mujer fatal que puede destrozar el Universo.”
“Vale”- le contesto.
Y nos vamos a comer a cuenta del vecino mirón.


